Desidia
El despertador suena a las dos de la tarde. Pulso el «snooze» y vuelvo a cubrirme con las sábanas. Huelen a sudor rancio. ¿Las he lavado desde que Claudia se marchó? Aquella mañana me tenía atrapado entre sus piernas. Antes de levantarse, me acarició con una mirada seria. Se recogió el pelo y, de espaldas, se enfundó la minifalda de tablas que tanto le gustaba. Entonces se dio la vuelta y, como si lo hubiera ensayado, anunció:
—Me voy, Fernando.
No me sorprendió. Era como si ya esperara aquellas palabras.
—¿No vas a decir nada? ¿No vas a pedirme que me quede?
Yo seguí allí, quieto, observando la escena como detrás de un cristal. Ella esperó en un largo silencio.
—Nada. Increíble. —Negó con la cabeza—. Es eso, ¿verdad? Esa puta niebla que te carcome por dentro, de la que siempre hablas. Es desidia. Tu desidia me está matando. Ya no puedo más.
Desidia. Esa palabra la aprendió de mí. Yo, de mi madre.
Claudia desapareció con la misma celeridad que el resto de las mujeres que habían pasado por mi vida. Me conocía demasiado bien. Por eso, cuando se fue, seguí sin hacer nada. O, mejor dicho, hice lo de siempre: meterme de nuevo en la cama. Vuelve a sonar el despertador. Esta vez, sin embargo, me incorporo. Con la misma postura en la que Claudia se despidió, miro el cuarto a través de la luz que se cuela por las persianas. El desorden me trae recuerdos: los gritos de mi padre a mamá, las broncas por sus olvidos, sus pocas ganas de hacer cosas. En casa no se hablaba de ello; tardé años en entender que lo que le pasaba a mi madre me estaba empezando a atrapar a mí también: la desidia. Una coraza que cubre, pero te desarma.
Me acerco a la mesilla y miro el teléfono: las dos y media y varias llamadas perdidas. Por un momento pienso si habrá sido Claudia. Es Kike, mi hermano. Dejo el móvil al 7 % de batería y me voy a la ducha, el único lugar donde mi mente funciona. El tiempo desaparece y los pensamientos corren bajo el agua, hasta que los dedos arrugados me piden salir. Me siento limpio y bebo un poco de agua. El vaso deja un cerco blanco en el lavabo; paso el dedo y no sale. El agua de Valencia es dura, no como la de Madrid. Me seco los brazos y el torso sin cuidado. Desde que abrí el gimnasio hace un año mi figura ha cambiado. Las mujeres lo notan; mi socio sonríe cuando las ve mirarme. Confunden músculo con salud. Al salir de la ducha descubro que es más tarde de lo habitual. Paso de comer, me visto y salgo con la mochila.
Para ser invierno, hace bochorno pegajoso: al sol abrasa y en sombra te cala. Desde casa, el puerto —en perpetua carga y descarga— deja en el aire un rastro a salitre y gasóleo. La gente, con gafas de sol y mangas cortas, saca fotos a edificios sin valor. Turistas.
Rojo. Espero en el semáforo. Al otro lado, un chico se apoya en una marquesina. Tendrá diecisiete años. Lleva una cresta azul y lía con torpeza un cigarrillo. Se lo lleva a la boca y saca un mechero del bolsillo del pantalón de cuero. Un punk. ¿Sabe la carga que arrastra esa estética? Seguramente no, como yo tampoco era consciente cuando nos reuníamos en Moncloa. Éramos una manada de perros raros tiritando juntos. Recuerdo los empujones en los conciertos de Rock-Ola. Cada cuerpo chocando contra el mío. Cada mirada de asco que recibíamos en la calle. No olvido la primera vez que mi padre me vio con la cresta y un clip en la ceja. Se me echó encima, con los ojos inyectados en sangre, y me pegó con su brazo manco, el que lo había apartado de su amado ejército. Más que el golpe, recuerdo su aliento agrio en mi cara siseando: «¿Qué demonios eres?». Dolió, pero menos que ver a mamá fingir que no pasaba nada. Ella, la mayor víctima de esa bestia. ¿Por qué lo hacía? Desafié a mi padre con una sonrisa y me fui. Podía matricularnos en un colegio de curas, obligarnos a ir a misa, vestirnos como niños de bien o pegarnos, pero ya no tenía autoridad. Para mí ser punk fue abrir un hueco en el mundo y decir: «¡Existo!».
Verde. Cruzo el paso de peatones, pero en lugar de seguir mi camino, me detengo en la marquesina, a un par de metros del chico, como si esperara el autobús. Él me dedica una mirada de reojo, recelosa, antes de pellizcar la boquilla del cigarrillo entre el índice y el pulgar. No aparto la vista. El aroma dulzón del porro no oculta que, bajo la dureza, sigue siendo un chico de diecisiete. Bajo la marquesina corre un hilo de aire: el sudor se me enfría en la piel y me atraviesa un escalofrío. Es el mismo frío de los soportales de Moncloa, donde los porros pasaban de mano en mano. Veinte años caen de golpe. Doy media vuelta y continúo mi camino, más deprisa que antes.
El teléfono vibra en el bolsillo del chándal. Es Kike, otra vez. Descuelgo para quitármelo de encima.
—Fernando, ¿dónde coño estabas? Llevo llamándote horas.
Kike siempre me llama Fer. Hoy no.
—En el trabajo. ¿Qué pasa?
—Es papá… —respira hondo.
—Sabes que no me interesan sus asuntos.
—No son «sus asuntos», joder. Le ha dado un infarto.
Silencio.
—¿Vas a venir? —suplica.
Silencio.
—Está en la UCI. No creo que salga de esta.
Silencio.
—¿Me oyes? Fernando, por favor.
—Sí. —me aclaro la garganta—. Te llamo cuando salga, ¿vale?
—No esperes, mamá está destrozada. No puedo con todo esto solo.
Cuelgo.
Se estaba yendo. Había deseado este momento demasiadas veces. Ahora me siento hecho una mierda y me cuesta respirar. Recuerdo cuando me enseñó a hacer un nudo de corbata con una sola mano. Lo hizo despacio, serio, como si domara una cuerda. Apretaba de más; la corbata me ahogaba, y yo callaba. Decía que así aprendería a respirar. La memoria rara vez es pura.
Al otro lado, el semáforo está en ámbar. Podría cruzar; podría volver. Saco el teléfono.
5 %.
Espero.


